Anaya y AMLO: dos estrategias para el cambio

PASCAL BELTRAN DEL RIO

Bitacora del director

Bitácora del director -PASCAL BELTRÁN DEL RÍO

Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya tienen al cambio como su principal oferta a los electores.

El primero dice representar el “cambio verdadero” y el segundo, el “cambio inteligente”.

Más allá de que ambos se proponen sacar al PRI de la Presidencia, el camino que uno y otro han tomado para llegar a ese objetivo es, hoy por hoy, diametralmente distinto.

López Obrador, quizá porque ya se siente con un pie en Los Pinos —perdón, en Palacio Nacional—, habla de reconciliación, con los rivales y con el pasado. La amnistía que ha ofrecido a los delincuentes parece hacerla extensiva a los políticos cuando dice que a él no lo mueven el rencor ni la venganza.

En cambio, Anaya es un opositor con la espada desenvainada. Su propaganda presume cómo él “ha enfrentado al PRI como pocos” y que las alianzas entre el PAN y el PRD, como la que lo postula a él, han “metido a los culpables a la cárcel”.

La reciente ofensiva del oficialismo contra Anaya, señalándolo como beneficiario de un esquema de lavado de dinero, sólo ha acendrado el ánimo justiciero del queretano.

Estas dos estrategias de la oposición reflejan un viejo dilema de las alternancias políticas: ¿Qué hacer con el pasado?

A él se enfrentó el gobierno de Vicente Fox, quien llegó al poder en 2000, poniendo fin a 71 años de dominio priista sobre la política nacional.

Durante la campaña, Fox tuvo un discurso que auguraba castigo para los corruptos. Además de prometer sacarlos “a patadas” del poder, comparó a los priistas con alimañas.

Sin embargo, una vez en la Presidencia, el equipo gobernante se dividió respecto de qué hacer frente a los pecados del antiguo régimen. Unos, encabezados por el canciller Jorge Castañeda, querían salir a pescar a los “peces gordos” de la corrupción y desmantelar el viejo sistema. Otros, liderados por el secretario de Gobernación, Santiago Creel, preferían dejar en paz el pasado para evitar la desestabilización del país.

Finalmente, fue el segundo grupo el que ganó. Los “peces gordos” nunca cayeron en las redes y el presidente Fox dio su aval a dicha estrategia haciendo de Creel su favorito para sucederlo.

Hoy, curiosamente, en el equipo de Ricardo Anaya vuelven a verse las caras Castañeda y Creel.

El viernes pasado, en su columna, Castañeda se refirió al dilema mencionado.

“Nadie niega que el Frente no ha llegado a la unanimidad sobre cuestiones claves para combatir la impunidad, la responsabilidad de Peña Nieto en la corrupción del sexenio”, escribió.

Y agregó: “Hasta ahora, los partidarios de una postura más radical, más irreverente, más personalizada han sido minoría. Si la ofensiva del Estado (contra el candidato del Frente) crece y asume las características que muchos temen, el propio Anaya quizá aparezca en las filas de los más rudos”.

No dudo que Anaya pueda radicalizar aún más su discurso, pero es bastante claro que en el tema de cómo lidiar con el pasado, su enfoque ha sido completamente distinto al de López Obrador.

En algún momento, los ánimos de los dos principales candidatos de la oposición se cruzaron.

López Obrador partió de la denuncia de la “mafia del poder” y ha recalado en las aguas de la conciliación. Por su parte, Anaya venía de la colaboración con el gobierno de Peña Nieto, con el que sacó adelante las reformas constitucionales —e incluso llegó a alabar públicamente a José Antonio Meade cuando éste era secretario de Estado— y ahora tiene un discurso incendiario.

Es evidente que uno y otro tienen estrategias distintas en esta etapa del proceso.

La pregunta es por qué. ¿Qué están viendo uno y otro? Como digo arriba, quizá López Obrador esté convencido de que sus rivales jamás lo alcanzarán en las preferencias de los votantes y ganará la elección, lo cual lo obliga a “serenarse”, como él dice. Y tal vez Anaya sienta que los ciudadanos mexicanos no han decidido aún —de hecho, que la campaña aún no ha comenzado formalmente— y que todavía reditúa mantenerse en la cima de la ola de la indignación.

¿Se bajó López Obrador de la ola del enojo social antes de tiempo? ¿Se subió tarde Anaya? ¿Logrará ganar Meade los comicios clavándose por debajo de ella y evitando que lo arrastre?

¿Cuál de los enfoques de campaña será el correcto? Es probable que no lo sepamos sino hasta que se cierren las casillas, el domingo 1 de julio.