El país que tenemos

GABRIEL GUERRA CASTELLANOS

GABRIEL GUERRA CASTELLANOS

No sé, queridos lectores, qué clase de persona puede asesinar a mujeres y niños indefensos. Acribillarlos a mansalva, dejar a un bebé de meses por muerto después de haber matado a su madre; dejar que el vehículo en que viajaban se calcine sin saber, o importarles, si alguien adentro estaba aun con vida.

No sé qué clase de persona puede, ante una noticia como la de la masacre de tres mujeres y seis niños pequeños en la zona colindante de Chihuahua y Sonora, reaccionar acusando a sus familiares de “lucrar” con la tragedia por haber difundido imágenes del vehículo calcinado.

No sé qué clase de persona puede intentar sacar raja política de un acontecimiento tan terrible, utilizarlo para el consabido “se los dije”, para culpar de todo al pasado o para inventarse y propagar teorías mafufas de conspiraciones y planes desestabilizadores.

No sé qué clase de persona puede tener el descaro de hacer como que olvida su corresponsabilidad, por acciones u omisiones, en la sangrienta realidad en que nos ha colocado la mal llamada guerra contra el narcotráfico.

No sé, tampoco, qué clase de persona puede concentrarse en la doble nacionalidad o en la religión de las víctimas, como si esos fueran factores relevantes en esta tragedia. Y no sé quién puede celebrar el tono intervencionista de políticos estadounidenses que ven en esto una oportunidad para anotarse puntos en plena campaña electoral.

No sé cómo hay quienes ven en este drama una confirmación de sus posiciones políticas; ni cómo hay quienes celebran el fracaso gubernamental; ni quienes evaden sus responsabilidades públicas y ni siquiera pueden dar la cara más que a través de un tuit de condolencias. (Sí, me refiero a los gobernadores de Chihuahua y Sonora).

No sé cómo un comunicador puede videograbarse dando pasitos de baile mientras menciona la noticia. No sé cómo podemos olvidar que si vivimos en un país sin ley es porque no respetamos la ley. Cómo podemos justificar nuestras conductas sin darnos cuenta de que a través de ellas aprenden nuestros hijos. Cómo podemos seguir engañándonos con la idea de que nuestras pequeñas impunidades no son parte del gran tejido de corrupción e ilegalidad en que vive México.

No sé cómo hay personas así, queridos lectores, pero vaya que sí las hay. Y me duele. Me duele profundamente ver la clase de país en que nos hemos convertido, en el que ante una tragedia inconmensurable aflora primero la mezquindad, la liviandad, la politiquería, la frivolidad.

Un país en el que es más fácil culpar de todo al adversario político que darse cuenta de que el verdadero enemigo es el crimen organizado. En el que cuando alguien señala que el problema es de todos, la respuesta inmediata es “Ah no, para eso está el gobierno”. Un país sin ciudadanos responsables, sin imperio de la ley, sin Estado de derecho. Pero eso sí, con todos dispuestos a señalar con el dedo flamígero, a aventar la primera piedra.

Como podrán ustedes notar, apreciados lectores, escribo estas líneas triste, enojado, decepcionado. No merecemos todo esto que nos está pasando, y al mismo tiempo sí, porque hemos tolerado, consentido, aceptado que nuestro México sea lo que es hoy.

¿Estamos a tiempo para cambiarlo, para hacer algo en serio al respecto? Yo creo que sí, pero el primer paso es el más difícil: implica aceptar nuestro propio y personalísimo pedacito de responsabilidad en lo que somos; implica dejar de culpar al chairo o al fifí; implica reconocer quiénes son solamente rivales y quiénes son los verdaderos enemigsos; implica dejar de justificarnos señalando siempre al otro.

Implica, en resumen, siendo ciudadanos de verdad, no solamente de conveniencia.

¿Seremos capaces? Más nos vale, porque este es el único país que tenemos.

Twitter: @gabrielguerrac