Emilio Zebadúa, ¿un gigoló de la política?

Salvador Garcia Soto

Serpientes y Escaleras

El exoficial mayor de Sedesol y Sedatu, quien fuera el hombre de todas las confianzas de Rosario Robles y hoy busca hundirla con sus declaraciones ante la Fiscalía General de la República, es un personaje polémico y en cuya trayectoria pública aparecen varios episodios en los que el común denominador son la traición y su vinculación con mujeres de la política.

Exconsejero del IFE y alguna vez aspirante fallido a gobernar Chiapas —en donde nunca vivió pero reclamaba “derecho de sangre” por ser nieto de un exgobernador de ese estado-, Emilio Zebadúa González, quien hoy busca convertirse en “testigo colaborador” y obtener de la FGR los beneficios del “criterio de oportunidad” a través de un trato similar al que le dieron a su tocayo Emilio Lozoya, fue parte fundamental en el esquema de corrupción y desvío de recursos implementado en el sexenio pasado y era el responsable de instrumentar los contratos simulados con universidades e instituciones públicas en Sedesol y Sedatu, por los cuales se desviaron casi 7 mil millones de pesos.

La primera vez que en esta columna escribí sobre Zebadúa González fue cuando era consejero electoral del desaparecido IFE, allá por el año de 1999. Había entonces una joven mujer que trabajaba como edecán en el instituto electoral y que se acercó a mí para denunciar un caso de acoso sexual en contra del entonces consejero, a quien señalaba como responsable de presionarla y acosarla para que tuviera relación con él.

En 2001, Zebadúa abandonó el cargo de “consejero ciudadano” del IFE para irse como colaborador del gobernador de Chiapas, Pablo Salazar Mendiguchía. Traicionaba así su condición de “ciudadano y académico”, como hasta entonces se había manejado, para dedicarse a la política partidista y tres años más tarde volverse diputado federal por el PRD.

En 2006 intentaría infructuosamente ser candidato a gobernador chiapaneco, pero ante su falta de arraigo, el gobernador Pablo Salazar prefirió a Juan Sabines, ante lo cual, molesto, rompió con Salazar y dejó el PRD para ser candidato por Nueva Alianza y acercarse a una de las mujeres que lo ayudaron, aunque después renegaría de ella: la maestra Elba Esther Gordillo.

Gordillo lo arropó y lo convirtió en uno de sus consentidos otorgándole por varios años la presidencia de la Fundación del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, donde cobraba un generoso sueldo, algo de lo que pareció olvidarse cuando, en febrero de 2013, Elba Esther cayera en prisión.

En diciembre de 2012, Peña lo nombró oficial mayor de la Sedesol, donde se vinculó a otra mujer de la que se volvería también muy cercano: Rosario Robles Berlanga, entonces secretaria de Desarrollo Social. Desde la Oficialía Mayor operó y autorizó decenas de contratos que después terminarían observados por la Auditoría Superior de la Federación por simular la prestación de servicios.

Cuando empezaron, en 2017 las acusaciones de “La Estafa Maestra”, bautizada así en el reportaje publicado por el portal Animal Político y por Mexicanos contra la Corrupción, todos los reflectores y señalamientos se fueron contra Robles. Durante casi dos años, Zebadúa nunca habló del tema y era constantemente defendido por la propia Robles. Un año después de que ella cayó en la cárcel, su antiguo amigo y colaborador reapareció para hundirla y, junto con ella, le ha ofrecido a la FGR testificar contra otros poderosos exsecretarios del gobierno de Peña, comenzando por Luis Videgaray.

La palabra “gigoló” no existe en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española por ser un vocablo de origen francés. Se utiliza para describir a hombres que se prostituyen con mujeres que les pagan y otorgan beneficios. El oficio es antiguo y ha estado presente en muchas civilizaciones y culturas desde tiempos ancestrales. Ocasionalmente también ocurre en la política.