Francisco, el sacerdote callejero con “olor a oveja”

Irene SelserSi bien los dichos del papa Francisco aún no se traducen en hechos, como advierten los lectores de MILENIO, sus palabras suponen al menos un primer paso en la dirección correcta, según la expectativa de millones de católicos pero también de laicos que en el mundo ansían un cambio en la política de la Iglesia jerárquica, sumida desde Juan Pablo II en una praxis y un pensamiento neoconservadores a contramano de la historia.

Ese “primer paso” quedó claro en Brasil, al proponer Francisco la reconciliación de la institución romana, tan arribista, excluyente y corrupta con la realidad social y política de los pueblos. Y también cuando renunció a juzgar a los homosexuales en su viaje de regreso a Roma, porque “quién soy yo para hacerlo”.

Asimismo, Francisco impulsó a la acción a sacerdotes, obispos, monjas y jóvenes católicos para volver a dar cabida a “los excluidos”, “los pobres”, “las periferias”, expulsados por Wojtyla en contra de los preceptos del Concilio Vaticano II, decidido a “abrir las ventanas” para que la Iglesia católica se acercase al mundo.

Frente a las décadas perdidas, el ex arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, quien se dice un “cura callejero”, vuelve a redefinir las prioridades de Juan Pablo II, para que en contenido y en forma la Iglesia romana lleve adelante cambios si es quiere recuperar al menos parte de lo perdido —en promedio 25 por ciento de fieles solo en América Latina desde 1980.

El brasileño Leonardo Boff, uno de los excluidos de la Iglesia por Wojtyla y también por Ratzinger, el hoy Papa emérito Benedicto XVI, es una de las voces que desde la siempre beligerante Teología de la Liberación ha depositado su confianza en lo que pueda hacer Francisco frente a la “monarquía absoluta” del Estado Vaticano, un Leviatán que solo busca “poder y más poder para seguir garantizando su poder” (www.servicioskoinonia.org/boff/articulo).

Y le sugiere, además de mantener el espíritu de Francisco de Asís, para restaurar una Iglesia “moralmente arruinada”, adquirir un perfil “más de servicio que de mando, más despojado que adornado de los símbolos del poder palaciego, más con ‘olor a oveja’ que a perfume de las flores del altar”.

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