JOSÉ ELÍAS ROMERO APIS

Jose Elias Romero Apis

El edificio de la política

Todo edificio tiene un piso y tiene un techo. En casi todos, el piso está a la misma altura que el suelo y casi no hay diferencia entre las edificaciones. Pero, por el contrario, el techo de cada construcción se encuentra a muy variadas distancias del suelo. La altura del edificio no se mide por el piso, sino por el techo. Eso le da su verdadera dimensión.

Así también sucede con el edificio de la política. El piso está representado por la parte más baja de los cuadros que actúan en ese sistema. Ese estrato significa la escoria del conjunto y existe en cualquier país, sin excepción. Son los ignorantes, los infidentes, los inmorales, los incompetentes y los inaceptables. Todos ellos son la mengambrea de la política.

En el otro extremo se encuentra el nivel supremo. Donde se aloja el penthouse, si se trata de una vivienda; la gran suite, si se refiere a un hotel; o la presidencia, si se habla de una empresa. Ello es el piso de lujo. El bien decorado, el bien amueblado y el bien apreciado. El piso de los elegidos. En la política, ése es el que determina ya no la altura, sino la alteza del sistema.

He dicho y repito que, en todo sistema político, los cuadros son mixtos y diversos. Es decir, hay de todo. Es por ello que la medición humana de un equipo político debe hacerse “en curva” y no en promedio. Por ejemplo, una legislatura federal mexicana donde estén instalados 100 legisladores de excelencia puede salvar a todo el país, como ya ha sucedido en ocasiones, sin que importe el pobre nivel de los otros 500 congresistas. Pero una legislatura donde tan sólo podemos hallar a 10 excelentes, buscándolos en todos los partidos, sería para dar náusea, pero, también, para dar miedo.

Porque en nuestro país, durante las últimas 7 legislaturas, el Congreso de la Unión ha sido la más eficiente barrera
de contención de la Presidencia de la República, con todo lo que esto tiene de malo y de bueno. En un sistema presidencialista, el Poder Legislativo no vale tanto por su capacidad de atención, sino por su capacidad de contención. Pero imagino a la ya inminente Legislatura 2018-2021 como la peor del nuevo México alternante.

¿Quién se va a encargar, en San Lázaro, de la agenda hacendaria, la política y la de justicia? No lo sé y no lo adivino. En el Senado, supongo, quiénes serán las encargadas de las agendas hacendaria, educativa, diplomática y social, así como los encargados de las agendas de justicia y política. Ellos son seis muy buenos, pero seis son muy pocos, aun suponiendo que esta media docena se convierta en docena completa. Pero se necesita casi una gruesa.

Sin embargo, para tratar de confrontar mi pesimista premonición, de la manera más sencilla lo he comentado con unos 50 amigos, conocidos y familiares, entre políticos, comunicadores y observadores, todos ellos de alto registro
analítico. De entre ellos, ni uno solo me ha serenado y algunos hasta me han sobreinquietado.

Pero mis amigos y yo tenemos el vicio de no contentarnos con nuestros “latidos” y buscamos, además, las razones y las explicaciones. Como políticos realistas se nos ocurrió que hubieran necesitado privilegiar los compromisos de los partidos y de los grupos. Pero, para ello, hubiera bastado con regalar 500 curules o escaños y salvar 100 para allí sentar a la excelencia. ¿Para qué regalar 618 de las 628? Una excelencia de 100 congresistas es una fuerza política. Una excelencia de 10 es un club privado.

Por otra parte, nos hemos explicado con una muy desagradable suposición. Que, en cada uno y en todos los partidos, se hayan decidido las candidaturas congresionales bajo un dilema funesto. Que si ganan la Presidencial, no les convendría un buen Congreso de la Unión. Eso es cínico, pero astuto. Y que, si la perdieran, no les interesaría la Legislatura mexicana. Eso es cínico, pero estúpido. Así lo hemos deducido salvo que alguien nos convenza que la próxima legislatura será de excelencia.

Es necesario aclarar que nuestras reflexiones nada tienen de personal. Ninguno de nosotros buscó ni pidió curul o escaño alguno, aun sabiendo que seríamos razonablemente complacidos, bien por los nuestros, que nos quieren, o bien por los ajenos, que nos desean. Pero no hicimos fila alguna para ser enlistados.

Me agrada que mi país se encuentre en un G-20 de la economía mundial. Pero me desagrada que, muy pronto, pudiera ser excluido de un G-20 de la política. Que la política alemana o la china o la rusa o, incluso, la estadunidense llegaran a ser más serias y respetables que la de nuestro México.

Que no entendamos que, cuando el techo está a tan sólo metro y medio del piso, tenemos un túnel que nos hace caminar agachados. Pero cuando llega a estar a un metro del piso, tan sólo tenemos un albañal que nos obliga a arrastrarnos. Lo grave no es tanto saber quién es el peor. Lo verdaderamente grave es saber quién es el mejor.