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Tomado de: NEW YORK TIMES

La danza de las Farotas, una antigua tradición en el Carnaval de Barranquilla

BARRANQUILLA, Colombia — Trece varones se vestían y se maquillaban en silencio. Llevaban faldas y chalecos coloridos, aretes largos y sombreros decorados con flores. Algunos se ponían pintura roja en los labios, otros apuraban un último trago de ron antes de salir a la calle.

Después, los hombres alzaron sus faldas para no tropezarse mientras bajaban las escaleras de una casa en Barranquilla, durante el carnaval que se celebra en esa ciudad del norte de Colombia. Cuando los tambores empezaron a sonar, los vecinos del barrio aplaudieron y las Farotas de Talaigua por fin salieron a bailar.

“Con este ya son 34 años que llevo viniendo al carnaval”, dijo Jhon Carlos Mancera, de 50 años y líder del grupo, encargado de interpretar a la “Mama”, quien durante la danza suele pararse en el medio, escoltado por seis bailarines a cada lado. “Ahora la gente nos admira, pero el trabajo duro les tocó a los viejos, los que vinieron antes de nosotros”.

La historia de estos danzantes empieza con una leyenda antigua. Los indígenas farotos vivían en las inmediaciones de Mompox, en el vecino departamento de Bolívar, donde está ubicado el pueblo de Talaigua; es una zona muy rica en oro que atrajo a los conquistadores españoles. Cuando los hombres de la tribu salían a cazar, los invasores entraban en sus chozas para violar a sus mujeres. Hasta que los farotos se rebelaron y concibieron un plan para detener esta vejación.

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CreditFederico Rios para The New York Times

El cacique escogió a los doce guerreros más feroces y los vistió con la ropa que usaban las mujeres españolas. Al final, para completar trece, él mismo se sumó a los vengadores. Cuando los españoles volvieron, de inmediato fueron emboscados y ajusticiados. Nunca más se repitieron los abusos contra las mujeres de la tribu.

Con los años, este episodio violento mutó en representación artística y los talaigüeros la adoptaron hasta convertirla en su mayor activo cultural. La mezcla entre personas indígenas y negras produjo eventualmente la música que hasta hoy acompaña esta danza, y los talaigüeros llevaron su espectáculo por muchos pueblos de la costa atlántica de Colombia.

A principios de los ochenta, Etelvina Dávila, una vieja matrona de Talaigua, decidió que esta manifestación debía llegar al carnaval de Barranquilla donde, en febrero de cada año, se celebra la fiesta popular más grande del país. Dávila tuvo que insistir muchas veces ante los organizadores. Y en 1985 las Farotas debutaron en el desfile principal, que discurre por varios kilómetros entre palcos llenos de espectadores.

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Durante el baile, los integrantes de las Farotas de Talaigua usan faldas, maquillaje y paraguas.CreditFederico Rios para The New York Times
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Jhon Carlos Mancera, el líder de los bailarines de las Farotas de Talaigua, momentos antes de comenzar una presentación en el barrio de Las Moras. CreditFederico Rios para The New York Times

Mónica Ospino, hija de Etelvina, ahora es quien lidera el grupo. “Yo crecí con la música de los tambores, en una casa que todos los años se llenaba de hombres que venían al carnaval a bailar. En 2011, cuando mi mamá murió, empecé a encargarme de las Farotas, sin habérmelo propuesto nunca”. Ospino le ha dado un nuevo aire al proyecto: “Ahora hacemos talleres en los colegios y contamos la bella historia de las Farotas, para que entiendan y valoren. Estos no son simplemente hombres vestidos de mujer”.

Las Farotas representan un caso de una temprana conciencia de género y su mensaje de dignidad ahora está muy ligado a los tiempos que corren. “A mí me ha gustado amarrar esta danza con lo que ahora vivimos, el abuso y el maltrato contra la mujer. Si aquellos indios guerreros, que no sabían leer ni escribir, sí asumieron el compromiso de dignificar a sus mujeres, ¿por qué nosotros, en pleno siglo XXI, seguimos maltratando a las nuestras? Actuar con las Farotas es una forma simbólica de decir que vamos a pelear por ellas”, dijo Ospino.

Las Farotas, sin embargo, no siempre fueron valoradas. “’¡Son maricas!’, nos gritaban, y hasta orines llegaron a lanzarnos”, recuerda Jaime Mancera, de 41 años, hermano de Jhon Carlos y también integrante del grupo. “La gente no entendía; me acuerdo que una vez un tipo nos agarró las nalgas. Lo cogimos entre todos a darle con las sombrillas que llevamos siempre, y a patadas. Nos lo tuvo que quitar la policía”.

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Bailarines de las Farotas de Talaigua. De izquierda a derecha: Mauri Durán, Jairo Luis Mancella, Luis de la Peña, Daniel González, Dresner Díaz, Anderson Ospino, Iván Rivas, Óscar Rivas, Martín Ávila, Maicol Soraca, Diego Ospina, Jhon Carlos Mancera y Kéiner Núñez. CreditFederico Rios para The New York Times

John Carlos y Jaime son solos dos, entre varios miembros de su familia que cada año se visten de farota. Además, tienen primos y sobrinos que bailan. Incluso el más joven, un niño que también va disfrazado, participó este año en la danza del carnaval. “Él representa a la ninfa, como las niñas indias que los españoles se llevaban y nunca volvían a aparecer”.

Bailar no les da dinero a las Farotas, pero son muchos los que compiten para desempeñar ese rol. Durante generaciones, miles de varones del pueblo se han vestido de mujer, porque lo consideran un honor. Existen incluso escuelas y semilleros donde niños y jóvenes se van formado en la danza; aprenden su historia, ensayan los distintos pasos de baile y se entrenan con la esperanza de integrar un día el exclusivo grupo de trece guerreros travestidos.

“Uno esto lo lleva en la sangre, porque desde chiquito crece oyendo los tambores, viendo a los grandes cuando se visten y bailan. Yo aquí me siento orgulloso; le hemos dado renombre a nuestro pueblo, hemos viajado por el país y nos reconocen”, dijo Jaime.

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Los miembros del grupo se preparan para una noche de presentaciones en su barrio.CreditFederico Rios para The New York Times

La danza de las Farotas es una actividad masculina: solos los hombres bailan; también son hombres los que diseñan y confeccionan el vestuario. Y cuando salen a bailar en el Carnaval de Barranquilla o en cualquier otro evento, las mujeres, como antes, se quedan solas en casa. “Ahora, menos mal, no hay españoles por ahí rondando”, dijo Mancera con una risa pícara.

Aquella noche del lunes 12 de febrero, las Farotas se preparaban para desfilar al día siguiente por las calles de la ciudad, frente a miles de personas que les harían fotos y videos. “El desfile de mañana es pura resistencia; muy duro. Pero uno lo hace con gusto”, dijo en un momento Jhon Carlos, justo antes de bailar ese lunes por la noche. Después puso un dedo sobre el corazón que llevaba bordado en el centro de su chaleco, y explicó: “Representa el amor que sentimos por nuestra tierra y por nuestras mujeres”.

En ese barrio popular al sur de Barranquilla, las Farotas ofrecían su espectáculo solo para un centenar de vecinos, los mismos de siempre, donde se hospedan cada año cuando visitan el carnaval. Se trataba de una ceremonia íntima, pero de ninguna manera irrelevante.

Los tambores ya sonaban al máximo cuando los trece varones se formaron en la mitad de la calle cerrada, listos para ejecutar su baile seductor y bélico bajo las luces del alumbrado público. En el centro de todas las miradas, las Farotas empezaron a girar, a dar unas vueltas frenéticas y acompasadas, con sus faldas largas y sus sombrillas, en un vibrante despliegue de color.

Todos bailaban contentos, entregados a la celebración, porque la antigua amenaza contra su tribu, a través del arte, había sido conjurada.

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Dos bailarines duermen exhaustos después de una semana de presentaciones y desfiles.CreditFederico Rios para The New York Times