Tomado de: Milenio

La tercera ola 20 de Julio de 2021

JORGE ZEPEDA PATERSON

PENSANDOLO BIEN

La tercera oleada del covid-19 se nos está viniendo encima pese al enorme esfuerzo que hemos estado haciendo por ignorarla. O quizá gracias a eso. Es comprensible nuestra actitud de hartazgo tras casi año y medio de sustos, privaciones y contratiempos. En ocasiones un poco de negación es saludable para sobrellevar la tristeza, los infortunios y aquello que no podemos remediar. El problema es cuando esa negación se traduce en acciones y decisiones que aceleran e intensifican la magnitud de la desgracia. En tales casos, la negación deja de ser saludable para convertirse en una irresponsabilidad potenciadora del problema. Y digo que son comprensibles las ganas de ignorar al covid y asumir que ya lo dejamos atrás, porque todo el mundo, literalmente en todos los países, siente que ya pagó la porción de sufrimiento, aislamiento y dificultades que merecía tal calamidad. Por desgracia el bicho que nos flagela no parece estar de acuerdo y sigue mutando con el mismo ahínco con que lo hacía en aquellas primeras semanas cuando apenas lo conocíamos. Los jóvenes asumen que deben continuar con su vida de jóvenes, que ya sacrificaron un año privándose de ser lo que son en aras del bien común, particularmente de las generaciones mayores. Explícita o implícitamente no parecen estar dispuestos a seguirse sacrificando y así lo revelan manifestaciones en muchas capitales del mundo o de plano, y sin decirlo, las acciones de desacato frente a las nuevas restricciones que comienzan a dictar los gobiernos ante lo que se está viniendo. Y si bien la vacunación es la estrategia indicada y con un poco de suerte terminará acercándonos a la inmunidad de rebaño, está claro que no llegó a tiempo para salvarnos de esta tercera ola. No sabemos si será más terrible que las dos anteriores, pero está claro que nos encuentra más cansados y eso en sí mismo intensifica su peligrosidad. A diferencia de la primera, nuestro sistema de salud público es un poco menos endeble y el personal médico está mejor preparado y protegido para enfrentarlo. Pero también es cierto que cada tantas semanas aparece una nueva mutación más peligrosa que la anterior o con mayor capacidad de infección. Hemos corrido con la fortuna de que tales variantes hasta ahora no han resultado inmunes a las vacunas vigentes, pero es imposible saber por cuánto tiempo seguirá siendo así. En ese sentido pareceríamos estar en una cuenta regresiva en la que se enfrentan dos variables: la inmunidad de rebaño contra la aparición de una mutación inmune a las vacunas. Solo podemos tener injerencia sobre la primera parte de esta ecuación y francamente no parece que estemos haciendo lo necesario. En muchos países la intensidad de las campañas de vacunación ha decrecido o se ha estabilizado, sea porque ya acudieron a inmunizarse los más conscientes o los más urgidos por su edad y precondición, o sea porque los gobiernos han desplazado la atención a otros temas, asumiendo que lo peor ya había pasado. En México menos de 20 por ciento de la población ha recibido la segunda dosis y alrededor de 13 por ciento la primera. Demasiado poco para contener la propagación de la enfermedad. En países europeos que incluso han vacunado a poco más de la mitad de la población son presa ya de un alarmante ascenso en el número de contagios. Según los expertos, nada asegura que las siguientes olas vayan a ser menos dañinas, justamente por la imprevisibilidad en el proceso de mutación y el hartazgo de la población para seguirse protegiendo. Basta decir que la variante delta, de la que no sabíamos nada hasta hace unas semanas, originada en la India, ya es responsable de 65 por ciento de los nuevos contagios en México.  Nadie desea el parón económico de la primavera pasada. Nos tomará años recuperar los niveles, buenos o malos, que teníamos previos a la pandemia. En los sectores más desprotegidos resulta inconmensurable la miseria que ha dejado detrás de sí, la destrucción de empleos y la pérdida de las pocas o muchas reservas que tenían los hogares. El número de pobres ha crecido en decenas de millones y la situación de los que ya lo eran se hizo aún más dramática. Tendríamos que cuidarnos de asumir medidas extremas que terminan siendo tan nefastas como los males que intentan prevenir. Pero debemos estar conscientes y asumir las implicaciones de lo que viene. Para los ciudadanos resulta fácil culpar a los gobiernos de toda medida impopular asumida para protegernos y, consecuentemente, es enorme la tentación de los líderes políticos para minimizar el tema o distraer la atención con otros asuntos. Queda mucho dolor por delante y tendríamos que actuar en consecuencia. Intensificar las campañas de vacunación como si nos fuera la vida en ello y establecer medidas de protección más rigurosas tratando, al mismo tiempo, de afectar al mínimo empleos y actividad económica. Un personaje de la película American Beauty afirmaba que nunca debía subestimarse el poder de la autonegación a la que recurrimos para no afrontar nuestros problemas. Ciudadanos y autoridades parecemos ser presas de esa afección. Solo espero que frente a esta tercera ola la desaprensión que mostramos no cobre un precio demasiado alto en cada uno de nosotros y nuestras familias.