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Tomado de: Univision

“No pude ir al hospital por miedo a que me separaran de mi niña”, dice una indocumentada que dio a luz en una iglesia

Ingrid Encalada Latorre, una peruana de 36 años, tiene casi dos años viviendo en una iglesia de Colorado. Allí se enteró de su embarazo y una vez que se acercaba el parto, decidió no acudir a un hospital por temor a que las autoridades migratorias pudieran detenerla y la separaran de su recién nacida y sus dos hijos mayores.

 

El parto de Ingrid Encalada Latorre duró 15 horas y media. Si hubiera transcurrido con normalidad, como sus dos cesáreas anteriores, quizás la peruana lo recordaría con más alegría. Pero dio a luz a su única niña sin anestesia, con la ayuda de dos parteras y en una pequeña piscina que improvisaron en el cuarto de recreación de una iglesia de Denver que, por suerte, ese lunes 16 de septiembre estuvo tranquila. Lo hizo así, a escondidas y con algo de riesgo para su vida, porque tenía miedo de que al irse a un hospital funcionarios del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) pudieran separarla de su bebé y deportarla. Ella está indocumentada y vive en ese mismo recinto, que es santuario.

Pese a que las autoridades migratorias no pueden entrar en hospitales para hacer arrestos, esta vez ella decidió que solo iría a un centro de salud en caso de una emergencia, como por ejemplo que su vida corriera peligro durante el alumbramiento.

“Me sentí incómoda. Había tenido a mis dos hijos mayores en un hospital, pero esta vez no pude ir al hospital por miedo a que me separaran de mi niña”, dice Encalada a Univision Noticias. “Muchos me dijeron que abortara, pero yo no iba a hacer eso solo porque enfrento una deportación”.

No ha sido poco el tiempo que esta peruana de 36 años ha permanecido en santuario con sus dos hijos varones de 4 y 11 años, ambos estadounidenses. Tienen 18 meses viviendo en un cuarto de la Unitarian Universalist Church of Boulder en Denver, Colorado. Son la única familia que se aloja en esta iglesia. Y ya lo había hecho en una ocasión anterior durante seis meses más.

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Y sus precauciones son válidas. El gobierno de Donald Trump ha amenazado con quitarle fondos a las ciudades santuario y ICE ha denunciado en distintas oportunidades que estos espacios son una amenaza para la seguridad pública de Estados Unidos. El último en advertirlo fue su director interino, Matthew T. Albence, que la semana pasada dijo que esas jurisdicciones son “cómplices de los delitos cometidos por extranjeros a quienes ICE podría haber arrestado y deportado”.

Encalada asegura que aún tiene esperanzas de algún día regularizar su estatus migratorio para dejar de vivir con miedo. “Esta administración tampoco me va a cerrar las puertas porque mi vida va a continuar en santuario”, asegura. El 17 de octubre, dice, hará una vigilia en la iglesia no para celebrar los dos años que ya tiene resguardada de migración sino para crear conciencia de que la vida en santuario “no es nada fácil”.

Del sueño americano al arresto

Fue en el año 2000 cuando Encalada llegó a Estados Unidos, siguiendo a sus tíos, que también habían emigrado, y el “sueño americano”. En 2003, lo admite, cometió el mayor error de su vida: compró documentos falsos para poder trabajar. En 2010 la arrestaron, estuvo dos meses y medio detenida; en 2011 se declaró culpable de robo de identidad “sin saber las consecuencias”, relata. Después de eso, el cargo criminal empañó cualquier posibilidad de regularizar su situación migratoria y así se lo informaron abogados a los que contrató.

Fue hasta 2017 cuando tuvo una esperanza. Pidió el perdón del entonces gobernador John Hickenlooper. “No me lo dio porque la víctima dijo que yo le había causado mucho daño”, dice.

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Y cuando ya tenía las maletas cerradas para devolverse con sus hijos a Perú, el pequeño se enfermó y el mayor le rogó que no se fueran, le dijo que extrañaría a su maestra y a sus amigos de la escuela. Ese octubre de 2017 decidió entrar en santuario y así han vivido hasta ahora. En ese momento, contó el Denver Post, eran cinco las personas en Colorado viviendo bajo esta condición y así el estado se convertía en uno de los que más indocumentados tenía en santuario.

Para ese año, detalla el American Immigration Council, Colorado era además un estado en el que la población migrante estaba en crecimiento, representaba a cerca del 10% de todos los residentes, en su mayoría (43.3%) mexicanos. Y más de 140,000 ciudadanos estadounidenses de Colorado vivían con al menos un miembro de la familia indocumentado. Por eso, ya en 2019 la senadora demócrata Julie Gonzales promovió una ley para limitar la cooperación de las agencias locales con las federales en materia de inmigración y la norma fue aprobada por el Congreso y el Senado estatal.

Con ese contexto de su lado, Encalada se ha negado a desistir en su caso. “Aquí sigo luchando”, señala al contar que esperan respuesta de una ley sobre su caso que fue introducida por el congresista demócrata por el estado, Joe Neguse. “Solo eso y un perdón del gobernador me ayudarían a salir de santuario para seguir peleando”.

A mediados de septiembre, a la iglesia llegaron visitantes inesperados: los congresistas Alexandria Ocasio Cortés y Joe Neguse. Encalada se tomó una fotografía con los demócratas y sus dos hijos, Bryant y Anibal. Crédito: Cortesía de Ingrid Encalada Latorre.

Justo por lo que ha tenido que hacer para salir del santuario, Encalada creó una organización para prevenir que otros cometan el mismo error que ella. Se llama ‘No más chuecos’: “Educo a la comunidad sobre el robo de identidad y sus consecuencias, les explico cómo sacarse una licencia de conducir en Colorado, los invito a que conozcan sus derechos”. Por esa labor, a la iglesia le llegan decenas de cartas de personas que, como ella, compraron documentos falsos y ahora no saben cómo salir del embrollo. Ella los remite a un abogado para que los ayude.

Aunque sabe que nada puede enmendar lo que hizo, espera que en algún momento la víctima de su fraude quiera reunirse con ella: “Quiero escuchar de ella en qué le hice daño, creo que todo ser humano merece una segunda oportunidad”.

—¿Estás arrepentida por lo que hiciste?
—Sí—responde la peruana. Cuando yo llegué a este país no sabía cómo aplicar para un ‘ITIN number’ (número de identificación de contribuyente), ni para una licencia, estaba en un limbo y tenía que buscar la manera de seguir en este país. Claro que estoy arrepentida de lo que hice.

La rutina del encierro

Ingrid se levanta a las 6:30 de la mañana, hace el desayuno de los niños y los prepara para la escuela. Ellos se van en autobús y ella se queda preparando el almuerzo y la cena, que se repiten cada día. Cuando los niños regresan, juegan en el playground de la iglesia, luego se ponen a hacer tareas, se bañan y ella los acuesta a dormir. Así transcurren todos sus días en la iglesia, y desde hace 16 días, a la faena se ha sumado la atención a la bebé.

A pesar de la dura rutina diaria y de que —por ahora— no hay nada que pueda cambiar, ella siente que el tiempo de encierro no se le ha hecho tan largo porque tiene el apoyo de la comunidad, con quien organiza eventos y actividades en reuniones que tienen tres veces por semana.

La jornada cambia para los niños solo los fines de semana, cuando pueden salir con la pareja de Ingrid, padre de sus dos hijos menores, quien los lleva de paseo o a casa de los abuelos. Y entonces ella, ocasionalmente, se pone a hacer artesanía peruana, camisetas o comida que vende a quienes van a la iglesia.

Pero cuando ve a los niños vivir en el espacio reducido de esa iglesia con ella, sí le pesa el tiempo que han estado escondidos pese a que ellos no tienen motivos para hacerlo. “Hay días en que me da nostalgia y quisiera tirar la toalla”, dice. “Yo analizo el futuro de mis hijos, pero por ahora no hay otra”.