claudia

Primer día de clases

Cada primer día de clases el ánimo renovador me invadía. Nuevo, era la palabra que lo describía todo nueva maestra, nuevos libros, cuadernos, mochila, uniforme, salón, reglas. Lo único reiterado, era la escuela a razón de haber estado desde preescolar hasta tercero de secundaria en la misma; sin embargo al volver de las vacaciones siempre nos aguardaba alguna mejora, modificación o ampliación según las condiciones económicas, con lo que cada año conseguía verla distinta.

Las reglas cambiaban, algunas para mejorar notablemente y otras de nuevas no tenían nada e íbamos a saltos para atrás. Un año nos enseñaron a escribir en manuscrita y script “como Dios mandaba” y al siguiente las reformas educativas de la SEP le restaban importancia al orgullo mercedario (la orden de las monjas de mi escuela eran hermanas mercedarias del santísimo sacramento) y las fichas de trabajo eran el cambio estelar del plan de estudios.

Cada primer día de clases quería hacerlo todo bien, llegar temprano, formarme rápido en la fila, no platicar cuando no se debía, trabajar muy limpiecito, cumplir con la tarea completa hasta convertirme en digna integrante del cuadro de honor. Los buenos propósitos formaban lista como la del 31 de diciembre y la cordialidad con “las nuevas” era ejemplar.

Hacer nuevas amigas nunca me quitó el sueño porque mis compañeras fueron las mismas siempre o al menos un 80% de ellas, mis mejores amigas lo fueron poco más de una década, no recuerdo alguna conducta semejante al bulling, ni a ninguna compañera faltándole al respeto a los maestros o con actitud retadora. Al no existir los celulares, las tablets ni el internet, no había lío con esos distractores.

Y si había espacio para las artes, el teatro, los instrumentos musicales, la danza, la poesía, el canto y los cuentos como parte de una instrucción integral “a la antigüita”. Los festivales, celebraciones cívicas importantes y las fiestas religiosas eran despliegue de ingenio, talento y creatividad. A los padres de familia solo se les mandaba a llamar en excepcionales ocasiones y el respeto por su tiempo y su economía era irrestricto.

La compra de los útiles escolares la hacía la propia escuela sin sacar provecho económico de ello, sino más bien en apoyo a los bolsillos de los papás que se beneficiaban de los descuentos conseguidos al comprar sin intermediarios todo lo necesario para el año escolar completo. El único negocio del colegio era la manufactura de los uniformes que ofrecían a menor precio del que se conseguían en los comercios y jamás me enteré de que alguna compañera haya dejado el colegio por la falta de pago de sus colegiaturas, lo que no significaba que nadie en el plantel sufriera alguna vez un imprevisto (la muerte de su padre, alguna larga enfermedad, etc) o que le retuvieran sus documentos por no cubrir hasta la última mensualidad.

Como estudiante, mi vida transcurrió en un ambiente cálido, donde los valores no eran cursilerías, absolutamente a salvo, nunca vi un cigarro, alcohol o nada parecido dentro del colegio o a las puertas de él. La fraternidad y sentido de pertenencia construían nuestra sana autoestima. El respeto era base solida del desarrollo del potencial y el amor se mostraba a diario de muchas maneras.

Mis recuerdos son tantos y tan buenos que llegué a dudar de su veracidad y comparé datos con algunas de mis compañeras y mis padres confirmándolo, así eran los días de escuela. No todos como el primero, pero mucho mejores que los que viven muchos en estos días.

Si, décadas después con mis hijos; hemos lidiado con el bulling, con el lenguaje absolutamente inapropiado que en muchos planteles educativos es permitido, sencillamente porque no lo pueden parar.

Con escuelas donde inscripciones y colegiaturas son solo una pequeña parte de la gran inversión que “la educación de calidad” implica, entre cuotas, cooperaciones, aportaciones, trajes típicos para los eventos cívicos, disfraces por las fiestas, bocadillos para el día del niño, regalos para los maestros por su día o su cumpleaños y un largo etc.

Tampoco se puede tomar a la ligera el nivel socio económico de cada escuela, porque para un alumno de clase media, incorporarse a un colegio de clase más alta puede ser letal. Las becas no se asocian a la inteligencia o la excelencia, sino a la pobreza y la discriminación es un hecho con el que muchos alumnos lidian con funestas consecuencias para su bien estar.

Primer día de clases otra vez, la lista de buenos propósitos en desuso, la violencia ganando terreno, la manera de relacionarse de niños y jóvenes completamente modificada, maestros buenos, maestros malos, la educación sin reformas, los espacios educativos insuficientes, mas y mas ninis. ¿Ataque de nostalgia o de desesperanza? A partir de hoy, a idear como mejorar el escenario inmediato: Mi escuela o la de mis hijos. Se aceptan propuestas, que andamos cortos de ideas.