Tomado de: EXCELSIOR

¿Pues no queríamos elecciones competidas?

Maria Amparo Casar

OPINIÓN -MARÍA AMPARO CASAR

El contexto de gran descontento social está más que justificado. La polarización política entre candidatos es natural y consustancial a la democracia: Guerra sucia, descalificaciones, acusaciones y señalamientos. A nadie debe asustar. Lo que se juega no es poca cosa. En estas elecciones hay dos proyectos muy distintos en términos políticos y económicos.

Pero hay cosas salvables y es deber de todos, comenzando por los candidatos, cuidarlas. Una de ellas es que, hasta el momento, el descontento y la polarización se canalizan por los cauces institucionales. Lo que preocupa es la descalificación gratuita de quien está a cargo de la organización de las elecciones y de ir tomando decisiones a lo largo del proceso electoral. Unas nos gustarán, otras no tanto. Sin suspender nuestro juicio crítico por cada decisión tomada y sin dejar de exigir rigor en la argumentación que las sustenta, el principio básico para que la democracia funcione es acatarlas. Lo que no se vale es jugar con el sistema cuando a uno le conviene y no hacerlo cuando no.

Esto viene a cuento por la reciente y última descalificación al INE —en particular a su presidente— por parte de López Obrador. No es la primera ni será la última, pero cada una va abonando a un terreno de por sí ríspido.

El INE tiene muchas funciones (demasiadas), pero dos de ellas son particularmente importantes: Organizar las elecciones, garantizando que todos aquellos que quieran emitir su voto puedan hacerlo en condiciones de la mayor libertad posible y contar los votos a partir del cierre de casillas, informando con oportunidad a la ciudadanía cómo fluyen los resultados.

Desde su nacimiento, el IFE/INE ha acreditado su profesionalismo y capacidad para organizar las elecciones con una amplia participación ciudadana y representación de los partidos. La tarea de contar votos y publicitarlos también se ha hecho con pulcritud y eficacia. Otra cosa son las impugnaciones posteriores que se refieren no a trampas en el conteo, sino a trampas durante el proceso electoral. Trampas que no comete el INE, sino los partidos y contendientes.

Queríamos elecciones competidas y las tenemos. Pues ellas tienen una implicación: La incertidumbre en los resultados. Llevamos tres elecciones presidenciales en las que la intención del voto ha variado a lo largo de las campañas y dos de ellas (2000 y 2006) en las que, en algún punto, las preferencias se cruzaron e invirtieron. En la de 2006, durante el proceso de publicitación del Programa de Resultados Preliminares (PREP), había momentos en que un candidato llevaba la delantera y minutos después perdía su ventaja frente a su adversario para después recuperarla (AMLO-Calderón). En esta misma elección, la gran mayoría de las encuestas no daba como ganador a quien resultó serlo: Calderón.

Al encargarse del conteo de votos, tal como lo afirmó L. Córdova, el INE tiene que dar certeza a la ciudadanía de cómo se va desarrollando, estar preparado para cualquier escenario que derive de los resultados y contar con capacidad de respuesta. En un conversatorio con integrantes del Centro Libanés, Córdova dijo que “el INE está partiendo de la premisa de que lo que puedeocurrir la noche de la elección es que no se podrá definir con claridad un ganador, y por lo tanto, el Instituto tendrá que explicar y llamar a la prudencia”.

Decir esto no sólo es hablar con la verdad, sino también es una cuestión de responsabilidad política que va aparejada al cargo. No es hacer pronósticos. Tampoco prejuzgar resultados.

En respuesta, AMLO dijo que era una irresponsabilidad hablar así: “Él es muy imprudente, es lo menos que se puede decir, pero si está mal informado, sería bueno que conociera las encuestas”. ¿De verdad? AMLO ha descalificado decenas de veces las encuestas, pero cuando éstas le favorecen, las ha alabado. Sí, a las mismas casas encuestadoras a veces las denosta y a veces las usa como prueba de que el triunfo es seguro.

De nuevo, Córdova tiene razón: “el INE no está en la lógica de improvisar dependiendo de por dónde sople el viento, el INE se prepara para cualquier escenario, si ese escenario es de resultados holgados, estamos listos, si ese escenario es de resultados cerrados, estamos listos”.

Ninguna contienda —salvo las controladas por los aparatos gubernamentales de los sistemas autoritarios como Cuba o Venezuela— está determinada seis semanas antes de la jornada. Las encuestas en todo el mundo muestran que las preferencias mutan y que las diferencias entre candidatos se abren y se cierran. Las encuestas en todo el mundo yerran en sus augurios. Los resultados en todo el mundo pueden sorprender.

Lo que no ocurre en todo el mundo es que los candidatos le echen la culpa al órgano electoral por su derrota. En Perú (2016), K. Fujimori era la favorita en todas las encuestas, ganó por 15% la 1ª vuelta, pero en la 2ª vuelta el resultado se invirtió y Kuczynski la derrotó por 0.8%. En Costa Rica en 2018, Fabricio Alvarado ganó a su contrincante —Carlos Alvarado— por poco más de 3%. En la 2ª vuelta perdió por 21%. En ambos casos los resultados fueron aceptados y no precisamente porque sus instituciones electorales fueran mejores que las nuestras. Simplemente porque no se les ocurrió echarles la culpa.