¡RECORDANDO A “MINUTO” Y ALGUNOS OTROS DE MIS AMADOS MUERTOS: JOHN, FERNANDO, ADOLFINA, AMALIA, JUANITA, USTORGIO, GABRIEL, ALBERTO, Y ARTURO!

Fernando Fabricio Cancela Marquez

Fractal

En memoria de mi primo Arturo Cancela Viveros a un año de su partida.

Eran las 16:00 horas del Martes 25 de Septiembre de 1979.

Una fecha inolvidable y de las más tristes que me ha tocado vivir.

La familia muy consternada y con los ojos nublados por el llanto, nos encontrábamos en el fondo del patio de la casa.

No sé cómo fue que mi primo Arturo se enteró, lo que es muy probable, es que quizás haya reflexionado en que en ese momento nos encontraríamos devastados y tomó la iniciativa de acompañarnos.

Arturo tenía 14 años, y estudiaba el primer grado en el turno vespertino de la Escuela Secundaria “General Sebastián Lerdo de Tejada”.

Bajó las escaleras que conducían a la cocina de la casa, y muy callado, caminó para abrazar solidariamente a mis hermanas y posteriormente, sin decirme nada colocó su brazo sobre mi espalda; fue realmente como un bálsamo para mí; tenía entonces 13 años, y me encontraba en sexto grado en la Escuela Primaria “Luis J. Jiménez”.

Todo inició a las 14:00 horas de ese mismo día.

Había salido de la escuela con mi mochila colocada en la espalda muy contento de colaborar al lado de la extinta y apreciada señora Amalia, una afanadora de la tercera edad a quien apoyaba en la limpieza de algunos salones de clases y pasillos de la escuela.

La señora Amalia, aparte de que era colaboradora de dicho plantel educativo, también era mi vecina; con ella y su nieto Rey, caminábamos por 20 de Noviembre para ingresar despacio por la empedrada calle Higueras y encaminarnos cuesta arriba hacia Niños Héroes donde vivía en el número 76 y ella en Coyoacán, a un costado del Fraccionamiento Misión San Carlos; ambas direcciones de la colonia Laureles.

No existían los celulares y por lo tanto el WhatsApp; es más, ni siquiera el Bíper, o alguna señal con lo cual mamá pudiera avisarme sobre lo ocurrido.

El caso es que me despedí de la señora Amalia y mamá ya se encontraba esperándome en la puerta con sus ojos llenos de lágrimas.

-Que pasó mamá. Le dije a mi difunta Juanita.

-Una muy mala noticia hijo, envenenaron a “Minuto”.

-Queeeeeé. No puede ser.

-Si hijo, ya hicimos lo humanamente posible; le dimos un contraveneno; hicimos que tragara un quinto de cobre con Aceite de Olivo y Sal para que arrojara lo que comió pero ni así reaccionó.

-¿Quien fue ma? ¿Dónde está?

-No sé hijo; pero está en el patio.

-¿Cómo fue que llegó hasta aquí?

-Pues a mí me extrañó mucho su comportamiento, salió al patio y comenzó a sentirse mal, arqueaba y tenía como garrotillo; pasó Ustorgio y le dimos el contraveneno pero ya no aguantó, se durmió y pensé que se pondría bien pero ya no reaccionó.

Era verdad, mi querido perro “Minuto”, había sido asesinado.

Ese legendario can, lo había llevado papá a la casa, cuando tan solo era un cachorro de meses y vivió con nosotros cerca de diez años.

Debido al hábito que papá creo en mí, debo reconocer que mi afición por los perros desde pequeño, es extraordinaria.

“Minuto” era el nombre de mi amigo preferido y consentido.

Mi extinta tía Adolfina, prima hermana de mamá, fue quien nos lo obsequió en el invierno de 1970.

En ese año, mi juego preferido eran las carreras de autos en los circuitos que mi amigo Gabriel y yo dibujábamos con yeso en el piso, misma que incluía sus pits, salida y meta. Para dicho juego, usábamos cada quien un carrito metálico que hacíamos avanzar con tres tiros por cabeza usando el dedo medio y pulgar de la mano derecha y ganaba el primero en llegar con su carrito a la meta.

Estaba por cumplir los 6 años de edad y era diestro y tramposo con los autos. Cada vez que le ganaba a Gabriel o él me ganaba, cantábamos la canción de

“Cangrejito Playero” de Acapulco Tropical en son de victoria. Nos encantaba burlarnos el uno del otro; lo gozábamos realmente.

Se podría decir que “Minuto” era un perro sin raza reconocida pero muy fiel e inteligente; correoso, de mediana estatura, pelo corto, color miel y manchas blancas de contornos irregulares. La más grande de ellas, nacía en el cuello y de ahí descendía por toda su región ventral hasta sus patas que eran blancas también.

Algo clásico en él, era sin duda su mirada triste.

Cuando era cachorro, pasaba casi todo el tiempo en la tienda al lado de mi abuelito Fernando. Cuando no había clientes, mi abuelito se sentaba en su mecedora con mi hermana Judith en sus piernas y a su lado el querido “Minuto”.

“Minuto” creció y cuando conoció la calle, supo que en ella encontraría toda la felicidad y libertad que un perro debería tener, pero también, aprendió al lado de otro legendario can, las formas de defensa que entre ellos existen, es decir, la clásica pelea callejera. De hecho, fue el mismo “Oso”, su amigo inseparable y maestro, su primer contrincante.

El gigante y negro “Oso” de la familia García Pichardo, lo encaminó por las rutas del peligro convirtiéndolo en el guardián más temido del barrio.

En lo personal, me gustaba pasar mucho tiempo al lado de “Minuto”, y su forma de demostrarme su amistad, era acompañándome a la escuela. Anteriormente, un poco más temprano, había hecho lo mismo con mi hermana Alma Araceli.

No recuerdo haberme sentido más feliz que cuando debido al hábito que forme al trote, lo llevaba a mi lado. Nunca usé un collar con placa ni una cadena pues “Minuto” era muy bravo, pero solamente, con los perros bravos, y muy educado con la gente.

Cualquier día de la semana, me ponía mi short, playera y tenis y salía corriendo por las fincas de Café, Naranja, Plátano y Jinicuilt con rumbo a Los Cubos, una cascada que se encontraba a dos kilómetros hacia el sur de la estación del ferrocarril, a la que se podía llegar a través del escaso Servicio Urbano de Xalapa, por la Avenida Miguel Alemán.

En Los Cubos que quizás sea parte del rio Sedeño, subía a lo más alto de la cascada, practicaba una serie de clavados y “Minuto” atrás de mí. Nadábamos

un poco y así mojados como salíamos, regresábamos trotando por donde habíamos llegado cruzando llanos y fincas hasta llegar a casa.

La popularidad de “Minuto” se extendió, al grado que llevaban perros de pelea para medir sus fuerzas con él y en las peleas que pude estar presente, nunca perdió. De hecho, el aferrado Mario “El Cazador” quiso verlo derrotado pero nunca lo logró ni con sus sabuesos, ni con el fuerte Bóxer de nombre “Sam”.

“Aunque inocentes, a veces, qué malos somos de niños”, dice Alberto Cortez en su canción, pues él y sus amigos se burlaban de Rosa Leyes el Indio y nosotros, de ver a sus contrincantes que cojeando salían huyendo de su terruño; “Minuto” era extremadamente territorial.

Así cómo cuando llegaba a casa y con su pata derecha llamaba a la puerta cuando tenía hambre y era la hora de dormir, el amor también llegó a su vida, siendo la “Yuca” y la “Mota” sus principales experiencias. Seguramente, por algún lugar no muy lejano, deben existir todavía algunos de sus descendientes, pues dichas perras eran buenas para la cría, y traían al mundo camadas numerosas.

Yo no le daba de comer, sin embargo, me seguía a todas partes, cuando degustaba mis alimentos dormía bajo mi silla y cuando me levantaba, salía de su guarida y se cruzaba en mi camino haciéndome tropezar pero debido al gran amor que le tenía, no me molestaba en lo absoluto.

Cómo todo callejero, comenzó a faltar a casa; a la familia de plano, se nos hizo costumbre, pero dos días que no llegó, fueron suficientes para saber que quizás se encontraba en peligro; y así fue, pues la unidad móvil de la perrera municipal, se lo había llevado.

Realmente lo creímos muerto, sin embargo, junto con mi padre, nos dirigimos hacia esa dependencia del H. Ayuntamiento de Xalapa que los 70,s se encontraba a un costado del Rastro Municipal en la colonia 21 de Marzo.

-Hasta Banderilla. Decíamos.

No existía el Boulevard Xalapa-Banderilla, pero transitando por la vieja carretera, desde la ventanilla pudimos observar a lo lejos La Lagunilla y la Gasolinera “Macuiltepetl” ubicada en el inicio de la Avenida México, misma que a su vez, daba acceso a la colonia Revolución.

Al fondo se podía observar a la distancia también la ex Hacienda Lucas Martín y las instalaciones de PEMEX. Era realmente muy poco el caserío en esa zona de Xalapa.

Llegamos a la perrera unas horas antes del programado sacrificio.

Los funcionarios de esa dependencia, nos encaminaron hacía la jaula en donde se encontraba; algunos otros perros no tenían fuerzas ni para ladrar a nuestro paso, sino todo lo contrario, nos miraban con mucha tristeza; en sus expresivos ojos, se podía leer fácilmente, –llévame contigo-.

La multa por liberar a “Minuto” fue de 100 pesos de esos de color café claro que tenían al Padre de la Patria Miguel Hidalgo, sin embargo, ningún dinero equivalía a la felicidad que “Minuto” y yo sentimos al vernos, y lo demostramos francamente.

Nunca olvidaré el desinteresado amor que mi perro siempre me profesó; su humilde amistad y su fidelidad, fueron las dos armas que ocupó para llegar directo al corazón de quienes le rodeábamos.

A “Minuto” lo asesinaron un año antes que a John Lennon el 25 de Septiembre de 1979. Corrió el fuerte rumor de que había sido Juan “El Pescador” quien con una dosis de letal veneno acabó con su vida.

Es por eso que ese día que recibí la tan lamentable y cruel noticia por parte de mi madre, no daba crédito a lo sucedido.

Muy triste y frustrado, ya no pude hacer nada por él pues la descomposición se había apoderado de su organismo.

Consternados, uno a uno fuimos llegando todos los integrantes de la familia a casa. Dos horas lloré sobre su inerte e inflamado cuerpo hasta que por fin, llegó la resignación.

Mire usted mi apreciado lector (a) si mis sentimientos no son caprichosos, con el tiempo llegaron otros perros a mi hogar, en la granja de cerdos de Mundo Nuevo llegamos a tener hasta 5 razas diferentes, algunos con registro, pero debo reconocer que ninguno pudo llenar el espacio que él dejó.

La muerte de “Minuto” fue un parteaguas en mi vida; pues con él se fueron los felices años de mi niñez y con la adolescencia, llegaron los sentimientos más

dañinos que un ser humano pueda sentir, pues el odio y el resentimiento me tomaron preso y quise practicar en el culpable la ley de ojo por ojo y diente por diente; hacerle pagar con la misma moneda.

Pero hay un Dios que todo lo ve y que sana los corazones de quienes le entregan todos esos malos sentimientos a Él.

El sonido del llanto y de lamentos así como de cada palada de tierra que caía sobre una caja de cartón en la que se encontraba “Minuto” colocado en un hoyo profundo, daba testimonio del gran amor que Dios lo sabe, siempre le tuvimos.

En un ladrillo rojo de una barda del patio de mi casa, fue que escribimos su nombre y la fecha de su cobarde asesinato.

Sigo recordando a “Minuto” con su firme caminar junto a mí y su tibio aliento que cuando jugábamos, con su lengua acariciaba mis mejillas.

No importa en donde te encuentres “Minuto”. Siempre vivirás en mi mente y en mi corazón.

Correo Electrónico: dere.cancela@gmail.com

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