Para el periodista J. Jesús Lemus –autor de El Licenciado, libro sobre la historia criminal de Genaro García Luna que puso en circulación la editorial estadounidense Harper Collins– no hay dudas: en 2006, el cártel de Sinaloa le llegó al precio al entonces Presidente Felipe Calderón y logró su objetivo: que nombrara a García Luna Secretario de Seguridad Pública Federal.Salpicado de historias y detalles, amena y ágil su lectura, el libro abre con esta historia en su prólogo; en el texto Jesús Lemus afirma que el plan –contado por Sergio Villarreal Barragán, “El Grande”, cuando el capo y el periodista coincidieron en el penal de Puente Grande– fue orquestado por Ismael “El Mayo” Zambada y Arturo Beltrán Leyva, “El Barbas”, socios inseparables durante largos años.

Beltrán Leyva, según el libro, voló a Culiacán en una avioneta que despegó de la ciudad de Cuernavaca –su refugio – hasta el fraccionamiento Las Quintas de Culiacán, Sinaloa, para entrevistarse con Zambada. En el encuentro, “El Barbas” saludó a “El Mayo” y le dio una botella de güisqui Buchanans que de inmediato fue abierta para bañar los hielos que, en pequeños vasos, fueron servidos por los gatilleros presentes en la reunión.

Luego de darle varios sorbos a su vaso, Beltrán Leyva centró su atención en “El Mayo”, el capo de temple sobrio. El tema no necesitaba antecedentes: ya había sido hablado previamente por teléfono, cuenta Lemus. Se trataba de analizar la estrategia para influir en el entonces Presidente electo, Felipe Calderón, para que nombrara como Secretario de Seguridad Pública a García Luna, el aliado desde entonces del cártel de Sinaloa.

–Eso se logra con dinero– soltó Zambada después de un sorbo de güisqui, al tiempo que esbozó una sonrisa, la convicción por delante. El soborno era el camino que ya tenía muy bien estudiado “El Mayo”, considerado siempre dentro y fuera de México como el verdadero jefe del cártel de Sinaloa, el estratega, el capo que opera en las sombras y detrás de figuras decorativas y liderazgos falsos, el narcotraficante activo más longevo, el que le dijo a Julio Scherer García que entró al narcotráfico “así nomás” y que en varias ocasiones –dijo en aquel encuentro memorioso– había estado a punto de ser capturado por el Ejército.

Arturo Beltrán coincidió con Zambada y expresó lo que sabía: que García Luna era proclive al soborno. Y es que desde los tiempos de Vicente Fox, el cártel de Sinaloa ya había tenido tratos con él. “Rey Zambada”, hermano de “El Mayo”, declaró, por ejemplo, que compró la complicidad de García Luna a cambio de varios millones de dólares. Por eso resultaba un hombre clave en los nuevos planes que el cártel proyectaba a partir del arribo del nuevo Presidente, Felipe Calderón, el hombre que simuló una guerra porque, según queda claro en el libro, llegó al poder sirviendo al cártel de la droga que, entonces, era el más poderoso de América Latina.

“El Barbas” hablaba con conocimiento de causa, explica Lemus, pues ya había hecho llegar algunos pagos a García Luna. Tan cercano era que dentro del grupo criminal le llamaban “El licenciado”; los sobornos millonarios que García Luna recibía se le enviaban, según la investigación de Lemus, a través del abogado Óscar Paredes. El objetivo: obtener información sobre las averiguaciones previas que se integraban en contra de la organización criminal.

En la reunión estuvo presente Sergio Villarreal Barragán, “El Grande”, quien fue nombrado encargado de la misión de buscar por todos los medios el acercamiento con Felipe Calderón, hacer llegar el mensaje del cártel de la mano de una propuesta supuestamente millonaria.

Cuenta Lemus: “Con la atención del Barbas y del Grande puesta en él, “El Mayo” expuso su plan. Fue directo. Les explicó que el círculo del Presidente Calderón era reducido, pero que quienes estaban dentro de él ejercían un alto grado de influencia sobre sus decisiones políticas. Después mencionó a uno de los hombres más cercanos a Felipe Calderón: Guillermo Anaya Llamas, exalcalde de Torreón, exsenador de la República y excandidato fallido a la gubernatura de Coahuila.

Lemus recuerda lo que le dijo “El Grande” cuando hablaron en la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande:

“Cuando ‘El Mayo’ mencionó el nombre de mi pariente –así le decía a Anaya– todo tuvo sentido”.

Y es que Guillermo Anaya había sido cuñado de Adolfo (Hernán), hermano de “El Grande”, quien agregó en aquel diálogo: “Desde que era presidente municipal de Torreón trabamos buena amistad, por eso nos decíamos parientes”.

Narra Lemus: “Fue entonces cuando ‘El Grand’e se dio cuenta de que la encomienda de llegar al presidente de México sería algo menos que fácil, con toda la posibilidad de éxito… Ni Arturo Beltrán ni mucho menos Sergio Villarreal pusieron objeción a la propuesta de ‘El Mayo’. Menos aún cuando Ismael Zambada dijo que no escatimarían en dinero y que ‘El Grande’ contaba con todo el apoyo de recursos y logística para abocarse a esa tarea. Sugirió que el contacto con el presidente se diera a la mayor brevedad”.

“El Grande” se puso en marcha con el plan, cuenta Lemus. De inmediato le telefoneó a Guillermo Anaya Llamas, entonces Senador de la República por el PAN. Le dijo que necesitaba reunirse con el Presidente Felipe Calderón. “La llamada no pudo ser más oportuna –relata el periodista–: Anaya y su esposa, María Teresa Aguirre Gaytán, estaban organizando la fiesta de bautizo de su hija, cuyos padrinos serían Felipe Calderón y Margarita Zavala, la pareja que unos meses después arribaría al poder presidencial.

“El evento tendría lugar en menos de diez días, el 25 de septiembre, en la parroquia de La Encarnación, en la ciudad de Torreón. En esa llamada, Anaya invitó a ‘El Grande’ a la recepción que se ofrecería después del acto sacramental. Ahí tendría la posibilidad de hablar con el entonces presidente electo Felipe Calderón y con ello cambiar la relación del narco con el gobierno federal”.

“El Grande” –cuenta Lemus– relataría más adelante que, tras la llamada con su pariente, no pudo menos que sentir una gran satisfacción. Apenas cortó la comunicación, con la certeza de que nunca había fallado en ninguna de sus encomiendas, buscó la mirada de Arturo Beltrán para hacerlo partícipe de su logro.

El diálogo entre ambos con el que Lemus recrea el acto, es elocuente:

–Ya estuvo, jefe– le dijo para su propia tranquilidad–. Voy a ver al Presidente, en unos días. Ya pude dar como un hecho que el Licenciado (Genaro García Luna) sería nuestro Secretario de Seguridad Pública.

“El Barbas” –dice el autor de El Licenciado– se limitó a sonreír. La rueda de la historia había comenzado a rodar.

El episodio del que da cuenta Jesús Lemus en su libro fue tema central de la revista Proceso durante el sexenio de Felipe Calderón; en 2009, el encuentro entre Felipe Calderón y el narcotraficante Sergio Villarreal Barragán, “El Grande”, fue dado a conocer por primera vez en un reportaje firmado por Arturo Rodríguez, entonces corresponsal del semanario en el estado de Coahuila.

Aquel texto, que generó un escándalo, derivó en un tema judicial: el Senador Anaya Llamas demandó a Rodríguez por difamación; dijo entonces que todo aquello constituía una calumnia y negó rotundamente los hechos. Al final el juicio ganó el periodista.

El caso fue retomado por el autor de este artículo en 2010, luego de la captura de “El Grande”, en Puebla. Obtuve las primeras declaraciones ministeriales que el capo había rendido ante la Procuraduría General de la República en la que, entre otras historias, contaba aquel encuentro con Felipe Calderón en la fiesta celebrada a propósito del bautizo de la hija de Guillermo Anaya.

El tema cobró relevancia por las declaraciones de “El Grande” y el entonces director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, decidió llevar el asunto a portada. “El Grande, hasta con Calderón convivió”, decía la cabeza central ilustrada con la foto del capo maniatado con unas esposas.

Las reacciones no se hicieron esperar: la Presidencia de la República envió una carta a la revista intentando, con argumentos endebles, desmentir el texto. Era la versión presidencial contra el documento ministerial que tenía en mi poder. El reportaje de Proceso les había calado hasta la médula. Pero las cosas no se quedaron así. Vino el golpe bajo fraguado entre la Presidencia de la República, la PGR y Televisa, que sirvió de ariete.

En diciembre de 2010, cuando “El Grande” estaba declarando en la Siedo, de súbito armaron un video en el que el capo declaró que me había pagado 50 mil dólares para que Proceso dejara de publicar reportajes en su contra. Nada más falso. Los textos publicados por el semanario, donde se dio cuenta de sus andanzas, sus nexos políticos, sus crímenes y su vida de capo impune –gran parte de ellos firmados por este reportero– desmentían su dicho.

Aquel golpe bajo era la respuesta de Felipe Calderón al verse exhibido como un aliado del cártel de Sinaloa y al mismo tiempo ser el Presidente de la guerra contra el narco. La doble moral en su plenitud.

Aún recuerdo la nota con la que abrió “El Noticiero” de Joaquín López-Dóriga, aliado del poder, servil hasta la médula, en la que dio a conocer la falsedad contada por “El Grande”. Aquello no era más que un golpe bajo y sucio que, en palabras de Julio Scherer –cuyo apoyo en aquel momento fue invaluable, lo mismo afirmo del entonces director, Rodríguez Castañeda, cuya solidaridad no olvido– al expresar: “Este golpe nos pega pero no nos tumba”.

Nunca había tenido un solo problema en la cobertura de los temas del narcotráfico como reportero de Proceso. En el semanario me formé, ahí me hice reportero, ahí aprendí equivocándome y ahí publiqué la mayor parte de mis libros. Siempre tuve claro que de la independencia informativa dependía no sólo mi libertad sino mi vida. Esto me lo dijo muchas veces Don Julio Scherer y el propio Rodríguez Castañeda y así lo entendí. También fue una recomendación reiterada de mi amigo periodista de Coatzacoalcos, Veracruz, Vicente Martínez Blanco, durante largas noches de charlas sobre el periodismo que ejercía en aquel Proceso de Scherer y de Rodríguez Castañeda. Tuve el apoyo de todos mis compañeros reporteros. Sabíamos que cada semana nos la jugábamos con la revista, aunque muchas veces el reconocimiento venía más de afuera que de adentro.

Aún recuerdo a Don Julio sentado en la oficina de Salvador Corro, entonces subdirector de la revista, cuando expresó con humor: “Oiga, don Ricardo, por qué pidió tan poquito, no nos alcanza con eso”, y todos soltamos una larga carcajada. A Don Julio lo acompañaba su hija María, cuya solidaridad en aquel momento difícil tampoco olvido.

Pero ahora viene el juicio. Es preocupante y aberrante, por decir lo menos, que el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador no esté integrando ninguna carpeta de investigación en contra de Felipe Calderón, pese a las evidencias que existen por doquier. El expresidente ha dicho que ignoraba los nexos de García Luna con el narcotráfico. Jesús Lemus, en su libro, lo dice con una contundencia irrefutable. Proceso exhibió evidencias claras cuando Calderón tenía el poder. Son las palabras de “El Grande” las que Lemus utiliza, el capo que convivió con él entonces Presidente electo para sellar un pacto que, como el autor de El Licenciado afirma, cambió la historia del narcotráfico con el poder.

Con la suma de muertos que dejó su guerra fallida, los nexos evidentes con Sinaloa y la corrupción desatada durante su sexenio, Felipe Calderón Hinojosa ya debería estar preso desde hace varios años. Fox fue su cómplice, lo mismo que Enrique Peña Nieto.

Todavía estamos en tiempo de verlo tras las rejas.

Esperemos que al Presidente Andrés Manuel López Obrador no le tiemblen las piernas para tomar esa decisión. De otro modo, la historia pasará la factura.