Un gabinete de secretarios particulares

Diego Petersen Farah

El poder no se comparte; el gobierno sí. Pero para López Obrador poder y gobierno son una misma cosa: el poder es para gobernar, para definir el destino de la nación y llevarla de la mano a la tierra prometida. No hay un plan, solo él conoce la ruta que lleva a la meta imaginada. López Obrador no está dispuesto a compartir con nadie ni el poder ni el gobierno.

Los secretarios de este gabinete son quizá los más acotados de los últimos tiempos. No deciden a qué hora se levantan, mucho menos la agenda del resto del día. Es un gabinete des empoderado. Lo que tiene López Obrador a su alrededor es un grupo de secretarios particulares por tema, que tienen que estar ahí a su lado para cuando los necesite. Hablan cuando el presidente les da la palabra y sólo cuando él les da la palabra. Carecen de agenda propia, van al la troupe que ofrece la magia de la transformación.

Los secretarios tampoco no llevan la agenda política del sector, simplemente acomodan la operación y el presupuesto a los deseos, ideas u ocurrencias en turno del presidente, que por lo demás son muchas; algunas extraordinarias, de gran sensibilidad y creatividad, otras terribles, sacadas de la manga de un mago sin recursos. Si hoy amanecemos con protestas de las Estancias Infantiles hay que articular de inmediato un programa para darle dinero a los padres. Nadie pensó en los beneficios o perjuicios del programa. Tampoco importa, nadie lo evaluará. Si el presidente dice que hubo corrupción nadie necesita demostrarlo, se asume verticalmente como un verdad universal. Si la secretaria de energía dice que utilizarán el fracking (pero moderno para no gastar tanta agua) y el presidente la desmiente al día siguiente nadie se siente obligado no digamos a renunciar sino simple y llanamente a explicar.

Si los secretarios, salvo contadas excepciones, no se hacen cargo de la agenda de las secretarías entonces ¿quién gobierna? Ahí es donde aparecen los subsecretarios y los directores, la mayoría de ellos personas vinculadas directamente al presidente y al partido acostumbrados a esta forma unipersonal de gobernar.

¿Y qué tiene de malo que se haga lo que dice el presidente y solo lo que dice el presidente, si a fin de cuentas es él y nadie más quien fue electo para el cargo? Preguntará más de uno. El problema no es solo la exacerbación del presidencialismo, que, en este país, en el que pasamos de los argumentos a las creencias con más facilidad que de una acera a otra, es enorme, sino la pérdida de la discusión interna. Estar en el primer círculo del presidente López Obrador significa claudicar al derecho a disentir y eso en pocos años comenzará a cobrarnos la factura.