Desde la charla casual hasta en foros organizados, lo mismo con un café que con unas cervezas en la mesa, la pregunta es la misma: ¿ya ganó El Peje?

La mayor parte de las encuestas apuntan a ese desenlace. Por más que Meadeinsista en que es bueno para los números y que hasta “le va a sobrar” el día de la elección, no se ve como él o Anaya (en un estancado segundo lugar) puedan alcanzar a AMLO.

La ventaja de Andrés Manuel López Obrador parece ser irremontable para cualquiera de sus competidores.  Y a diferencia de ocasiones anteriores, esta vez la brecha se ve tan sólida que el puntero se da el lujo de tuitear cuando “echa novio”, de subir videos de sus entrenamientos de beisbol y hasta de pedir el voto, no para él, sino para que le demos mayoría en el congreso.

¿Pero en serio ya ganó?

Sin duda es el escenario con mayores probabilidades. Pero la experiencia global y nacional enseña que las campañas sí cuentan y que, durante ellas, no hay ventaja que resista los errores de un candidato, un escándalo bien documentado o una estrategia electoral dispuesta a todo. Más ahora con el rol protagónico que juegan las redes sociales.

También es cierto que López Obrador parece haber aprendido del pasado. Ya no exhibe su intolerancia a las primeras de cambio y hasta ha aprendido a disculparse cuando se excede. También abandonó el purismo que le cerró las puertas a ciertos sectores en las elecciones anteriores y que luego le jugaron en contra. Quiero pensar que asume los costos de esa decisión.

Además, esta vez su equipo y colaboradores cercanos está conformado de los perfiles más diversos tanto en lo técnico como en lo ideológico. Los hay por supuesto, impresentables, pero también hay gente cuya probidad es reconocida y que generan una fuerte confianza en el proyecto de Andrés Manuel.

Hay, incluso, otro elemento relevante en la mesa. Veo a ciertas élites económicas buscando acercarse al puntero. Sin que se note tanto y de manera discreta, pero acercándose. Sobre todo a través de los cuadros más moderados de MORENAy del propio López Obrador, como Marcelo Ebrard.

Es decir, esas élites parecen ir aceptando poco a poco la posibilidad de que el personaje a quien se le atravesaron en ocasiones anteriores con éxito, ahora sí les está ganando la partida. Entonces, más vale dialogar que confrontarse más.

Yo celebro ese acercamiento más allá de las motivaciones de fondo que lo impulsan. Y lo hago por una sola razón: nuestras élites económicas podrían darse cuenta de ese otro México al que AMLO lleva años hablándole mitin tras mitin. Y el político tabasqueño también podría aprender que no toda la élite económica mexicana pertenece a la mafia del poder.

Pero dialogar no puede ser claudicar ni firmar cheques en blanco. Si López Obrador tiene, gracias a nuestra imperfecta democracia, la enorme posibilidad de ser presidente de este país para cumplir su promesa de un verdadero cambio de régimen; entonces académicos, periodistas, opositores e intelectuales tenemos una responsabilidad moral e intelectual igual de grande: la de criticarlo con inteligencia y con argumentos. Una responsabilidad moral que, como decía el inglés Tony Judt, se hace más difícil entre los amigos.

Por eso no es inmoral criticar ahora a López Obrador. Lo inmoral sería no hacerlo. Sobre todo si tenemos dudas de sus intenciones o de su proyecto, si no hay claridad sobre sus ideas, si su discurso abandona su función explicativa.

Debemos hacerlo ahora que es el candidato puntero. Y deberemos hacerlo con mayor exigencia e intensidad en caso de que sea Presidente. Sin importar la virulencia de sus seguidores.

Porque si gana, una vez que sea presidente, veremos que López Obrador no es santo, ni infalible, ni perfecto.

Será el Presidente de un México hermoso y complejo, pero también de un México corrupto, inseguro y desigual.

Problemas así no se arreglan de un plumazo. Ni mucho menos los arregla una persona, ni la honestidad más presumida, ni la voluntad más férrea. Se necesitan ciudadanos.